VICTOR TRAVEZAÑO M. (director de Cooperando)

Lima,10 de agosto 1969, a los seis años su familia se traslada a Piura, estudia arqueología en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, luego en Lima en la Universidad Federico Villarreal. Es motivado en la poesía por su padre, dado su nivel de cultura y por un poemario del poeta mexicano Amado Nervo, un alto exponente del modernismo latinoamericano en temas del amor, la muerte y la tristeza; le bastó leer unos versos:
Perdí tu presencia,
pero la hallaré;
pues oculta ciencia
dice a mi conciencia
que en otra existencia
te recobraré. ( Amado Nervo-poeta de modernismo mexicano)
Y se queda vislumbrado y definirse a sí mismo como poeta. Desde los ocho años se inicia en escribir algunos cuentos y participa en diversos eventos literarios, donde gana algunos premios.
No aparece en las fuentes como “poeta peruano”; sin embargo, posee un alto cúmulo de sus trabajos poéticos y sus cuentos peruanos que deben ser publicados si o si este año, venciendo toda adversidad. Las búsquedas actuales muestran a Manuel Ramírez Santos como organizador y director de actividades poéticas en España, especialmente en Madrid, dentro del colectivo Sábados Poéticos: La Nueva Barraca, en el reto llevar la poesía a todos los pueblos a lo largo de España, siguiendo la ruta de García Lorca. Participa en actividades culturales y encuentros poéticos de carácter internacional.

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LA SEÑORA MADRE DE NUESTRO POETA, DOÑA MARÍA JESÚS SANTOS CHOCANO, DESCIENDIENTE DEL GRAN MODERNISTA DE LA POESÍA PERUANA, JOSÉ SANTOS CHOCANO; UNA DAMA DE NOVENTA AÑOS, MUY CULTA, LÚCIDA Y JOVIAL. UNA DULCE MERIENDA PREPARADA POR ELLA, DIO MARCO Y SABOR A LA ENTREVISTA LITERARIA CON MANUEL
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Las letras de Manuel Ramírez es un homenaje precioso, íntimo y vibrante a César Vallejo. Respira esa mezcla de devoción, desgarro y asombro que suele despertar su poesía en quienes se dejan atravesar por ella. Y lo lleva a un territorio muy suyo: sensorial, casi místico, lleno de imágenes que podrían dialogar con Trilce sin perder tu propia voz.
Manuel dialoga con César Vallejo de una manera muy sugerente, y compararlo con su poesía permite ver tanto los puntos de contacto como las diferencias que hacen que tu voz sea propia. En Vallejo, la poesía nace de una conciencia social desgarrada, marcada por la pobreza, la injusticia, la marginalidad y el sufrimiento humano. En Los heraldos negros y Poemas humanos, el dolor individual se convierte en dolor colectivo, casi metafísico. Su experiencia como migrante y su sensibilidad hacia los oprimidos lo llevan a una poesía donde la compasión es central. En Manuel Ramírez, aunque no habla explícitamente de injusticia social, sí aparece un dolor íntimo que se universaliza, un sentimiento de desgarro que podría hermanarse con el pathos vallejiano. El viaje a Santiago de Chuco, la evocación de la serranía, el café, las cascadas, los ríos de tinta, construyen un paisaje humano y cultural que conecta con la raíz andina de Vallejo. Su enfoque es más emocional y contemplativo, menos político, pero comparte la idea de que la poesía es un territorio donde se revelan heridas profundas. En el estilo poético, Vallejo revoluciona la poesía hispanoamericana con un estilo quebrado, abrupto, lleno de imágenes inesperadas. Usa metáforas insólitas, asociaciones ilógicas, rupturas sintácticas, neologismos, silencios. En Trilce, lleva el lenguaje al límite: desestructura la lógica, la gramática y el ritmo. En la poesía de nuestro autor, Manuel Ramírez, su estilo es fluido, sensorial, envolvente, con imágenes luminosas y un tono elegíaco. No rompe la sintaxis ni la lógica como Vallejo, sino que construye un discurso continuo, casi narrativo, donde la emoción guía el ritmo. Hay un uso intenso de imágenes visuales y auditivas, pero desde una armonía, no desde la fractura vallejiana. En el lenguaje Vallejo mezcla registros: coloquial, culto, rural, inventado. Usa palabras andinas, giros populares, y crea un lenguaje tenso, áspero, lleno de fricción. Su lenguaje es un campo de batalla emocional. Manuel es cálido, lírico, evocador, con un tono más cercano a la prosa poética. Predomina la musicalidad suave, la descripción sensorial, la nostalgia. No hay neologismos ni rupturas, sino una búsqueda de belleza y claridad emocional. Adscripción a la vanguardia: Vallejo es una figura clave de la vanguardia latinoamericana, especialmente por Trilce. Su experimentación formal lo coloca junto a los grandes renovadores del lenguaje poético del siglo XX. No imita ninguna corriente: crea su propia vanguardia, profundamente personal. Nuestro amigo Manuel, no se inscribe en la vanguardia formal, sino en una lírica contemporánea que dialoga con la tradición. Su vanguardia es emocional, no estructural: la intensidad, la devoción, la inmersión sensorial. Nos acerca más a una poesía neorromántica o neosimbolista, con tintes místicos y afectivos. Afinidades y diferencias esenciales. Afinidades: La emoción como motor. La presencia de la tierra andina como símbolo. La idea del poeta como figura trascendente. El dolor como revelación. Diferencias: Vallejo rompe el lenguaje; Manuel lo armoniza. Él politiza el sufrimiento; Manuel lo interioriza. Él experimenta con la forma; Manuel, con la imagen sensorial. Él escribe desde la fractura; Manuel, desde la contemplación.
LA CHOLITA IGNACIA
Sale la cholita Ignacia de su rancho, en el pelo una rosa roja, vestido blanco y zapatos negros, airosa mueve las caderas. Sus ojitos chinitos brillan, levanta su mirada al cielo y una garza ve volar. Al fondo, el río grande cuenta en su murmullo, la historia de amor más bonita del pueblo. El puentecito de piedra se queda quietecito escuchando, mientras la Ignacia suspira y seca el sudor de su frente. Detrás de ella ve como corren las hojas secas, olor a tierra húmeda y algarroba mojada. En el pueblo la banda toca un tondero, una pareja baila al compás del cajón, canastas de bocadillos y alfeñiques, chumbeques y hartísimo dulce de camote, tamalitos verdes, cachangas, chifles, carne seca y harta churre pespita pelando las muelas. La Ignacia quiere bailar, pero no se atreve, le da hartsisima vergüenza bailar garrona, sonríe al sol y piensa en su cholo que se fue a la capital. Un suspiro atraviesa su alma, no hay lágrimas, solo la esperanza del reencuentro la persigue, su sonrisa desaparece, recorre el pequeño malecón, se mete en su rancho, mira al calendario, y se da cuenta que hoy cumple 80 años.
UN ENSAYO SOBRE EL HABLA REGIONAL PIURANA, EN BASE AL TEXTO DE MANUEL RAMÍREZ: “LA CHOLITA IGNACIA”
El lenguaje no es únicamente un medio para narrar; es, ante todo, un territorio. En el caso del texto sobre la cholita Ignacia, ese territorio es Piura: una geografía que no se limita al mapa, sino que se expande en la cadencia de las palabras, en los diminutivos que acarician, en los sabores que se pronuncian como si fueran parte de la memoria afectiva del hablante. El estilo literario que emerge no es casual: es la expresión de una identidad colectiva que se filtra en cada giro, en cada imagen, en cada silencio.
Uno de los pilares de este estilo es el uso de diminutivos afectivos. En Piura, el diminutivo no reduce; amplifica. Puentecito, quietecito, tamalitos: cada uno de estos términos funciona como un gesto de ternura hacia el mundo. El diminutivo piurano no describe un tamaño, sino una relación emocional con las cosas. Es un modo de mirar. Un modo de pertenecer. En el texto, estos diminutivos construyen una atmósfera cálida, casi doméstica, donde la narración parece hablada más que escrita, como si la voz proviniera de una cocina con olor a leña o de un corredor sombreado por un algarrobo.
La gastronomía, por su parte, opera como un archivo cultural. No se mencionan chumbeques, tamalitos verdes, cachangas o chifles para decorar la escena, sino para anclarla en un universo simbólico donde la comida es memoria, celebración y resistencia. Cada uno de estos vocablos es una puerta hacia la identidad piurana, una identidad que se reconoce en lo que se come, en lo que se comparte, en lo que se nombra. El estilo literario se nutre de esta enumeración sensorial, que convierte la descripción en un acto de evocación.
El léxico regional —cholita, hartsísima, gorrona, pespita, rancho— introduce un ritmo particular, un pulso que no podría pertenecer a otra región. Estas palabras no solo nombran realidades locales; también revelan una manera de sentirlas. El estilo se vuelve popular sin perder profundidad, cercano sin caer en la caricatura. Hay en este registro una dignidad silenciosa, una afirmación de lo propio que se expresa sin estridencias.
Las imágenes del paisaje —la algarroba mojada, la tierra húmeda, la garza volando— no son meros adornos descriptivos. Funcionan como símbolos de una relación íntima entre el ser humano y su entorno. En el estilo piurano, la naturaleza no es un fondo; es un personaje. El río murmura historias, el viento arrastra hojas que parecen mensajeras, la garza es testigo de la vida cotidiana. El texto respira con el ritmo del norte, con su sequedad luminosa y su humedad inesperada.
La musicalidad del tondero y del cajón añade otra capa al estilo. La música no aparece como un dato cultural, sino como un latido que organiza la escena. El tondero, con su mezcla de melancolía y celebración, impregna la prosa de un movimiento ondulante, casi coreográfico. El estilo literario se vuelve danza: una oscilación entre la nostalgia y la fiesta, entre la espera y el deseo.
Finalmente, la sintaxis —breve, directa, repetitiva— reproduce la oralidad del norte. No hay artificio, no hay barroquismo; hay una economía expresiva que, paradójicamente, multiplica los sentidos. La repetición de estructuras, la ausencia de conectores formales, la sencillez de los verbos: todo ello construye una voz que parece surgir de la memoria colectiva, una voz que no narra desde la distancia, sino desde la experiencia vivida.
En conjunto, el estilo literario del texto no es solo una elección estética: es una afirmación identitaria. La lengua piurana, con sus diminutivos afectivos, su léxico popular, su gastronomía nombrada, su paisaje simbólico y su musicalidad propia, crea un universo donde la literatura se confunde con la vida. Leer este texto es escuchar el norte. Es caminarlo. Es sentir que la palabra, cuando nace de un territorio, no solo describe: también pertenece.
La literatura de Manuel Ramírez Santos, es talento, valor, sencillo; con mucho amor a lo suyo, su medio local e histórico impregnada en la literatura universal; es un camino contiguo a la de su paisano y norteño, el universal César Vallejo. Esperamos con mucha expectativa el mundo creado en sus cuentos y poesías.
ÚLTIMO UN VALOR MUY IMPORTANTE DEL COLECTIVO DE “SABADOS POÉTICOS: LA NUEVA BARRACA”
SERAFÍN AZNAR ARENAGA

Madrileño, seguidor de poetas, bardos y harabicus (poetas del incanato); activista cultural, asiduo asistente a las tertulias literarias, muy conocido en el emporio de poetas del café Gijón, gran difusor cultural desde tecnologías modernas y el alma de “Sábados Poéticos-La Nueva Barraca”.