Dos terremotos de magnitud superior a 7 en cuarenta y ocho días dejan miles de muertos entre Venezuela y Colombia. Una geóloga venezolana radicada en Berlín advierte que la región sufre una «analfabetización sísmica» crónica y que los Pirineos y el Mediterráneo son «tan tectónicamente activos como América Latina»
La tierra no avisa, pero tampoco olvida. Cuando el 24 de junio dos sismos consecutivos de magnitud 7.2 y 7.5 fracturaron la costa norte de Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia, el país entero pareció descubrir de golpe que vivía sobre una trampa geológica. Cuarenta y siete días después, el 10 de agosto, Colombia tembló con una magnitud de 7.4. Más de 6.300 muertos reconocidos en Venezuela. Más de 250 en Colombia. Una factura de reconstrucción que solo para Venezuela la CEPAL estima en 37.000 millones de dólares, el equivalente a seis por ciento del PIB del país.
Luiraima Salazar, ingeniera geóloga venezolana radicada en Berlín, observa los sismogramas desde Europa con la frialdad que exige la ciencia y la angustia de quien tiene familia en la zona cero. Su diagnóstico desmonta el mito del efecto dominó: los dos terremotos no están directamente conectados. Son monstruos distintos nacidos de vientres diferentes.
«Son dos contextos tectónicos completamente distintos», explica Salazar, quien desde 2020 rastrea la geodinámica superficial de su país natal. «En Venezuela, el sismo se generó por la interacción entre la placa Caribe y la placa Sudamericana. Es un movimiento de transcurrencia, prácticamente horizontal, paralelo. Ellas están rozando. No hay una subducción directa como en Colombia, donde la placa de Nazca se introduce por debajo de la Sudamericana».
La diferencia de profundidad dictó la sentencia de muerte. El sismo principal venezolano ocurrió a apenas diez kilómetros bajo la superficie de la falla de San Sebastián, según los trabajos de Audemar y otros autores. Fue un latigazo cortical somero que convirtió edificios enteros en lo que Salazar describe como «torres de panquecas». El colombiano, en cambio, estalló a más de cien kilómetros de profundidad, lo que permitió que las ondas se disiparan lateralmente: se sintió desde Venezuela hasta Guayaquil, pero causó menos destrucción concentrada.
La ciencia cumplió su parte. La tragedia venezolana no fue una sorpresa para quienes sabían leer las rocas. Un artículo de Bermúdez y Schmid publicado en 2023 planteaba una ventana de sismicidad activa desde 2024 hasta 2060 para el área metropolitana de Caracas, alertando sobre la posibilidad de un sismo mayor a 7 en la capital. La falla de San Sebastián estaba mapeada, estudiada y vigilada. O al menos, lo estuvo alguna vez.
«A mí me da mucha tristeza responderte esto, porque la ciencia cumplió con el trabajo de la advertencia», confiesa Salazar. «Pero hubo un desmontaje de facto de todo el sistema científico nacional. Funvisis, que en los años noventa tenía una de las redes sismológicas más robustas de Latinoamérica, diseñada en 1998 bajo el profesor Andrés Singer y ejecutada en 2002, pasó del Ministerio de Ciencia y Tecnología al de Interior y Justicia. Al punto de que los instrumentos que estaban cerca del área de afectación ni siquiera estaban presentes. Se los llevaron».
La consecuencia fue que el sismo se registró oficialmente cuatro horas después de que el Servicio Geológico de Estados Unidos emitiera el primer reporte. Un apagón informativo en el momento más crítico. Venezuela no tiene sistema de alerta sísmica. No tiene red sismológica operativa. No tiene nada.
Sismología en América Latina
Las fallas acumulan energía en un proceso que los geólogos llaman «silencio sísmico». Un término engañoso. No hay silencio, hay carga. En Venezuela, el último sismo similar en esa zona ocurrió hace 214 años, en 1812. En Colombia, el último de esta magnitud fue en 1979. Lima acumula décadas sin un sismo mayor. «Mientras más tiempo esté en silencio, más tiempo tiene para acumular energía», advierte Salazar. «La gente tiene la tendencia a pensar que eso pasó hace mucho tiempo y no va a pasar nada. La cuestión es que no se sabe cuándo va a pasar».
Salazar lo llama «analfabetización sísmica». En Venezuela, materias como Geografía y Ciencias de la Tierra desaparecieron gradualmente del currículo escolar. Generaciones enteras crecieron sin saber que caminaban sobre un polvorín tectónico. «Que exista gente muy joven que te diga que no sabía que Venezuela es un país sísmico me causó mucha decepción», lamenta. «Lo primero que te decían cuando entrabas a una escuela de geología era que estábamos esperando un sismo desde el 67, cuando el terremoto de Caracas mató a cientos de personas. La información es poder, y el poder puede salvar la vida».
El caso de Europa
Y Europa no está exenta. Preguntada sobre si un español debería preocuparse, Salazar no duda: «Todos tenemos que estar preocupados. Todos. Cuando tú ves los Pirineos, cuando ves estas grandes cadenas de montaña, te puedes dar cuenta de que es tan tectónicamente activo como América Latina. Solo que la sismicidad no es tan recurrente. Todo el Mediterráneo también es bastante activo». Recuerda que hace apenas días hubo un sismo en el sur de España, y señala que la DANA de Valencia «mostró la debilidad que tiene el país en cuanto al riesgo geológico. No es solamente el riesgo sísmico, es un riesgo geológico como tal».
No existe un proyecto regional de cooperación sísmica operativo. Solo México cuenta con alerta temprana nacional. Investigadores del Servicio Geológico Colombiano y de la Universidad de San Marcos en Lima coinciden en que la región carece de un sistema coordinado. Cada país va por su cuenta. «Venezuela va a tener que invitar a sus propios científicos que se fueron», reconoce Salazar.
«Un sismo no puede convertirse en una tragedia», concluye la geóloga desde su exilio en Alemania. «La tragedia depende de la educación, del comportamiento de la gente y de la infraestructura que los estados dispongan. Hay que incluir a las ciencias en el diseño de políticas públicas. Si no, seguiremos administrando tragedias en lugar de prevenirlas».
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