Víctor Travezaño M – (Director de Cooperando)
La reciente escalada entre Irán y Estados Unidos no solo reconfigura el equilibrio militar en Oriente Medio: también expone una pugna silenciosa entre potencias globales que buscan moldear el futuro de la región. China, Rusia e Israel emergen como actores decisivos en un conflicto que ya trasciende las fronteras del Golfo Pérsico y amenaza con alterar la economía mundial.
Mientras Washington y Teherán intercambian advertencias y maniobras militares, Pekín y Moscú mueven fichas con precisión quirúrgica, cada uno persiguiendo objetivos estratégicos que van desde la seguridad energética hasta la erosión de la influencia estadounidense. Israel, por su parte, actúa como catalizador del conflicto, impulsado por una percepción de amenaza existencial que condiciona la política de toda la región.
China: el árbitro silencioso que protege su energía y expande su influencia
En Pekín no se escuchan misiles, pero sí se sienten sus efectos. China es el mayor comprador de petróleo iraní y depende de la estabilidad del Golfo para sostener su crecimiento económico. Por eso, aunque evita involucrarse militarmente, se ha convertido en un actor diplomático clave.
Su estrategia es clara:
- Evitar una guerra que dispare los precios del petróleo.
- Presentarse como mediador alternativo a EE.UU., como ya hizo al facilitar la reconciliación entre Irán y Arabia Saudí.
- Expandir su influencia económica a través de la Franja y la Ruta, donde Irán es un nodo central.
Para China, un Oriente Medio convulso pero controlado es útil: distrae a Washington y abre espacios para su diplomacia económica. Pero un conflicto abierto sería un golpe directo a su seguridad energética.
Rusia: aliado táctico de Irán y beneficiario de la inestabilidad
Moscú observa el conflicto con una mezcla de preocupación y oportunidad. Rusia es uno de los principales aliados militares de Irán, especialmente en Siria, y depende de la cooperación iraní para sostener su esfuerzo bélico en Ucrania.
Pero hay otro factor: el petróleo. Un aumento prolongado de los precios del crudo beneficia directamente a la economía rusa, debilitada por sanciones occidentales. Cada tensión en el Estrecho de Ormuz empuja los precios al alza, y Moscú lo sabe.
Rusia juega un doble papel:
- Apoya a Irán para contrarrestar la influencia estadounidense.
- Mantiene canales abiertos con Israel, con quien coordina operaciones en Siria para evitar incidentes entre sus fuerzas.
Es un equilibrio delicado, pero rentable para el Kremlin.
Israel: el actor más expuesto y el más dispuesto a actuar
Israel es el único de los tres actores que participa directamente en la dimensión militar del conflicto. Para el gobierno israelí, Irán representa una amenaza existencial, especialmente por su programa nuclear y por la presencia de Hizbulá en el Líbano.
Su estrategia se basa en tres pilares:
- Golpear preventivamente a las milicias respaldadas por Irán.
- Evitar que Teherán consolide capacidades militares cerca de sus fronteras.
- Presionar a EE.UU. para mantener una postura firme frente a Irán.
Israel no busca una guerra regional, pero tampoco está dispuesto a permitir que Irán gane terreno. Su margen de maniobra es estrecho, y cada ataque en Líbano o Siria puede desencadenar una respuesta en cadena.
Impacto económico global: el mundo pendiente del Estrecho de Ormuz
El conflicto no solo se libra en los desiertos de Oriente Medio: también se siente en los mercados de Londres, Shanghái y Nueva York. El Estrecho de Ormuz, por donde transita casi una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido en el epicentro económico de la crisis.
Las consecuencias son inmediatas:
- Volatilidad extrema en los precios del petróleo.
- Aumento de los costes de transporte marítimo por el encarecimiento de los seguros.
- Tensión en las economías importadoras de energía, especialmente Europa y Asia.
- Riesgo de interrupciones en las cadenas de suministro globales.
Un cierre prolongado del estrecho —incluso parcial— tendría efectos comparables a los de las grandes crisis energéticas del siglo XX. Por ahora, la diplomacia evita ese escenario, pero la amenaza persiste.
Un tablero en movimiento
El conflicto entre Irán y Estados Unidos ya no puede entenderse como un enfrentamiento bilateral. Es un tablero multipolar, donde China busca estabilidad para proteger su energía, Rusia aprovecha la inestabilidad para fortalecer su posición global, e Israel actúa para evitar que sus enemigos ganen terreno.
La región vive una tregua frágil, pero la estructura del conflicto sigue intacta. Y mientras las potencias juegan su partida, el mundo observa con inquietud cómo cada movimiento puede alterar la economía global y redefinir el equilibrio geopolítico del siglo XXI.