Víctor Travezaño M(director de Cooperando)

La República Islámica de Irán atraviesa uno de los momentos más delicados desde su fundación en 1979. Años de sanciones, crisis económica, protestas masivas y una guerra regional que ha desgastado sus recursos han colocado al país en una encrucijada histórica. Aunque el régimen mantiene un férreo control interno, analistas coinciden en que una combinación de fracturas internas y presión externa podría desencadenar un colapso político de consecuencias imprevisibles.
Este reportaje explora un escenario plausible de caída del régimen, el mapa de actores que emergería tras la crisis y el impacto que tendría en Europa y, en particular, en España.
Un colapso anunciado y el escenario más probable: crisis interna y presión militar
El deterioro económico y la pérdida de legitimidad social han erosionado la capacidad del régimen para sostener el orden. La muerte o incapacidad del Líder Supremo, unida a una disputa por la sucesión, podría actuar como detonante. A ello se sumarían protestas masivas en las principales ciudades, huelgas en sectores estratégicos y un error represivo que rompa el frágil equilibrio entre miedo y resistencia.
En este contexto, la economía entraría en caída libre: desplome del rial, fuga de capitales y desabastecimiento generalizado.
La fractura decisiva: el poder se divide. El régimen solo caería si se rompe desde dentro. La Guardia Revolucionaria, columna vertebral del sistema, podría dividirse entre sectores partidarios de una represión total y facciones pragmáticas que busquen una transición controlada para evitar un colapso total del Estado.

Aparecerían entonces dos dinámicas simultáneas: pérdida de control territorial en algunas provincias y negociaciones discretas entre mandos locales y líderes de protesta. El resultado sería un vacío de poder que pondría fin al modelo teocrático, aunque sin garantizar una transición democrática inmediata.
La transición: entre la reforma y el caos. Los años posteriores estarían marcados por una pugna entre actores militares, tecnócratas y movimientos opositores. La reescritura de la Constitución, la celebración de elecciones parciales y las tensiones étnicas en regiones como Kurdistán o Baluchistán definirían una etapa incierta.
El país podría avanzar hacia una transición controlada o deslizarse hacia una fragmentación territorial de facto, con milicias locales disputando el poder.
Un nuevo tablero regional: quién gana y quién pierde
Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos
Los países del Golfo verían la caída del régimen como una oportunidad para reducir la influencia iraní, pero temerían un “Estado fallido” en su vecindad. Su apuesta sería apoyar a una junta moderada que garantice estabilidad y renuncie a la proyección militar regional.
Para Israel, la desaparición del régimen actual supondría un cambio estratégico profundo. Sin el apoyo iraní, Hezbollah y otras milicias perderían capacidad operativa. Israel buscaría consolidar acuerdos con países árabes y reducir la amenaza en sus fronteras.
Ankara (Turquía) trataría de ampliar su influencia en el Cáucaso y el norte de Irak, pero vería con preocupación cualquier avance del nacionalismo kurdo en territorio iraní.
Rusia y China, ambas potencias priorizarían la estabilidad y la continuidad de sus intereses energéticos y comerciales. Podrían respaldar a facciones que garanticen contratos y acceso a recursos.
Europa ante el terremoto, riesgos y oportunidades: la caída del régimen provocaría meses de interrupciones en la producción y exportación de petróleo y gas. Europa, aún dependiente del Golfo, sufriría un aumento de precios que afectaría al transporte, la industria y la inflación.
España, pese a su diversificación energética, no sería inmune: el encarecimiento del crudo impactaría en combustibles, logística y alimentos.
Migración y seguridad. Una crisis prolongada en Irán generaría nuevos flujos migratorios hacia Europa. España, como frontera sur de la UE, vería incrementada la presión en sus rutas marítimas y terrestres. Además, aumentaría el riesgo de ciberataques y operaciones híbridas contra infraestructuras críticas europeas.
Oportunidades para España. La crisis también abriría espacios de oportunidad. España podría reforzar su papel como hub gasista europeo gracias a sus conexiones con Argelia y su capacidad de regasificación. Empresas españolas de energía, ingeniería e infraestructuras tendrían margen para participar en proyectos de reconstrucción si Irán inicia una apertura económica.
El factor militar: un equilibrio frágil
Corto plazo: riesgo de guerra civil limitada. Tras la caída del régimen, podrían estallar enfrentamientos entre facciones militares y grupos étnicos armados. Zonas como el Juzestán —clave por su petróleo— o el Kurdistán iraní serían especialmente sensibles.
Medio plazo: intervención internacional.Es probable que potencias externas impulsen misiones de observación o seguridad en el Estrecho de Ormuz, una arteria vital para el comercio mundial. La OTAN podría reforzar su presencia naval en la región.
Largo plazo: reconfiguración energética. Si Irán logra estabilizarse y reinsertarse en el mercado global, podría convertirse en un actor energético más predecible. Esto contribuiría a una reducción estructural de los precios del petróleo y a una mayor diversificación para Europa.
Un cambio que reconfiguraría el mundo
La caída del régimen iraní no sería un evento aislado, sino un terremoto geopolítico con repercusiones globales. Oriente Medio entraría en una fase de reordenamiento profundo, Europa enfrentaría nuevos desafíos energéticos y migratorios, y España tendría que gestionar riesgos inmediatos mientras aprovecha oportunidades estratégicas.
El futuro de Irán sigue siendo incierto, pero su evolución marcará el rumbo de la política internacional en la próxima década.