Trabajadoras del hogar. Reflexiones a propósito del reportaje “Explotadas del hogar”

La migración femenina o feminización de las migraciones ha supuesto para las mujeres nuevos desafíos a partir de los cuales pueden fortalecer su autonomía, pero también nuevos y mayores riesgos debido al contexto que las personas migrantes y especialmente las mujeres se encuentran en los países de llegada.

Las mujeres que migran se exponen a muchas situaciones de abusos derivadas de su condición de mujeres. La violencia sexual se incrementa en su tránsito cuando recorren rutas inhóspitas en las que ser mujer es un factor de riesgo. Sin embargo, la llegada a sus destinos no está exenta de riesgos y situaciones que las exponen a abusos de tipo laboral, sexual y de discriminaciones basadas en prejuicios de arraigo colonial.

La migración femenina responde a un contexto global en el que mujeres de países desarrollados se incorporan al mercado laboral y se encuentran con un vacío en el ámbito que históricamente las mujeres habían cubierto: el del cuidado. Cuidar los hijos, los ancianos, los dependientes, de pronto se torna complicado y casi imposible toda vez que los hombres no asumen esa parte de esa responsabilidad del cuidado que les corresponde y que las mujeres autóctonas no quieren y/o no pueden asumir.

La llamada “doble jornada”, el doble trabajo de las tareas del hogar y cuidado es algo que cada vez más mujeres no están dispuestas a asumir. En consecuencia, a partir del año 2000 en España se inicia una alta demanda de “mano de obra” = mujeres que puedan suplir a las mujeres en dichas tareas. Un ámbito invisibilizado desde siempre en la estructura del sistema patriarcal, ya que si nunca se había considerado trabajo, ¿por qué habría que pagarlo y, de pagarse, por qué se tendría que pagar como el trabajo de verdad que es el que habían realizado los hombres?

Bajo esta concepción, la incorporación de las mujeres migrantes a ese ámbito, al que debido a la irregularidad administrativa se las dirigía de una manera interesada tanto por parte de las familias que con ello veían garantizada su prosperidad salarial como por parte de los poderes del Estado que veían resuelto uno de los principales conflictos del llamado Estado de bienestar: el cuidado de sus niños y ancianos.

Un conflicto irresuelto, que en el caso de las mujeres migrantes solventan a un costo muy alto, demasiado alto; el de tener que lidiar con una carrera de obstáculos para obtener el más elemental de los derechos, el derecho a tener derechos que supone tener el permiso de trabajo. No tenerlo supone una violación constante de sus derechos humanos bajo el oscurantismo de un ámbito laboral, el de los cuidados, que todos saben que está ahí, que está sacando a flote la economía en la medida en que las mujeres autóctonas pueden aspirar a ascender en sus carreras profesionales mientras alguna mujer (no siempre pero casi siempre) migrante cuida de los suyos y los hombres pueden desentenderse de su responsabilidad de cuidar en igualdad.

Todo ello por un costo muy bajo para las familias y el Estado pero muy alto para las mujeres migrantes, el precio de sus vidas sometidas a atropellos y vejaciones al irrespeto de sus derechos humanos que el racismo y la mirada colonial sostienen, una mirada de la que no se han librado muchas personas en el mundo y que condiciona la vida de las mujeres como siempre digo, por ser mujeres sí, por ser mujeres migrantes también pero sobre todo por ser de una etnia, raza u origen concreto.

*Katty Solórzano es investigadora social, migrante y feminista antirracista. Forma parte de Poder Migrante.

Proporcionado por podermigrante.es – La noticia completa aquí
Carmen Moreno. – Asistente Web Digital

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